El año de Saeko por Kyoichi Katayama

Kyoichi Katayama

Existió un momento en mi historia con los libros, que tuve que leer por muchos años material académico. Todo era ensayos, textos técnicos, metodologías, artículos con muchas citas y muchas normas de publicación. Por lo que llegó un momento en donde no me gustaba leer… ¡Por primera vez en mi vida me agotaba leer!

Me detuve cuando me di cuenta de esta situación y quise resolverlo. Tenía obligatoriamente que reconciliarme con la lectura. Ese mismo día fui a revisar libros y decidí que leería una novela: quería una historia, un sinfín de emociones, deleitarme con detalles, personajes asombrosos o fantásticos…

En vez de eso, volví con “El año de Saeko” de Kyoichi Katayama en mis manos. Por favor, no me malentiendan, lo que quiero decir es que este libro de Editorial Alfaguara, nos relata la rutina de lo que podríamos llamar “una vida pequeña” o “simple”, con personajes simples y poco o nada extravagantes, donde los protagonistas son sencillos en sus anhelos, pasatiempos, trabajos y vida diaria.

Sobre el personaje

Por una parte tenemos a un programador informático, Shun’ichi, quién sale a trabajar cada día en una compañía, no tiene grandes amistades y usa su tiempo libre para fotografiar gatos.

Luego, por otra parte, está su esposa Saeko, quien creó un trabajo fuera de su casa, poniendo tres máquinas expendedoras de las que se hace cargo del mantenimiento y la reposición de productos, trabajo que le exige muy poco tiempo, el resto lo dedica al hogar y le gusta dar paseos por su barrio.

Ambos tienen una relación tranquila, con un amor calmo, vulnerable, cercano, casi silencioso, todo esto los lleva a sentir que pueden aceptar la solicitud de la hermana de Saeko para que ella sea vientre de alquiler para tener a su hijo, lo que, haciendo honor a su calma, no parece trastocar la relación, pero es precisamente por esto que Kyoichi Katayama me deslumbró.

Katayama es realmente muy hábil en relatar la rutina con pequeños cambios, que suelen ser simbólicos. Pequeñas escenas que evocan preguntas centrales de la vida, relatos que nos dan pequeñas emociones. El autor en este libro nos conduce a una lectura que parece “plana” a ratos y que no nos da ni una sola pista de a dónde conduce la historia, al mismo tiempo que nos sitúa en distintos escenarios emotivos que nos hacen saber que algo está pasando; que algo se gesta en esa simpleza. El uso simbólico de las estaciones del año, el uso del paso del tiempo para mostrar el ritmo de la vida y la naturaleza, elementos que además se reiteran en su obra, como lo cíclico e inevitable de la vida y la muerte.

Algunas apreciaciones

Para hablar con franqueza, hubo partes en las que no entendí por qué seguía leyendo el libro, pero realmente quería y sentía que debía terminar de leerlo aunque no soy de esas personas puristas que cree que debe terminar cada libro que comienza a leer, me sentía sumergida en la misma rutina y simpleza de la pareja, la misma sensación de letanía, que extrañamente era mucho más adictiva que la adrenalina.

La historia cerca del final tiene otro cariz. El autor logra en una serie de relatos sutiles con personajes sencillos También consigue ensamblar una historia del paso del tiempo y su complejidad, de somatización, de locura, de lo indescifrable que es cada persona, de amor en los espacios cotidianos de la vida y en los tiempos de crisis, con un ritmo intenso pero subterráneo. Esto nos indica que el pulso de la historia viene de una zona profunda y no desde la mirada superficial a las vidas de otros.

Katayama logra rescatar lo bello y complejo de lo invisible como es la pareja central de este libro. De una manera imperceptible nos sitúa como observadores en el centro indescifrable de la historia que se resuelve de pronto y todo tiene sentido. Y tal como es la literatura japonesa moderna y contemporánea, sencillamente se detiene en contar la historia, no requiere de un final para sellar un relato, solamente saben reconocer cuando la historia debe de dejar de ser contada.

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